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EL CRISTIANISMO COMO BASE FUNDAMENTAL DEL DESARROLLO DE LA CIENCIA



POSIBILIDAD TEORICA DE LA CIENCIA Y EL CRISTIANISMO


Conocimientos científicos dispersos se han dado en casi todas las civilizaciones. Es sabido, por ejemplo, que los asirios, babilonios, persas, incas y mayas desarrollaron ampliamente la astronomía -así, por ejemplo, continuamos llamando con los nombres persas y árabes a la gran mayoría de las estrellas visibles-. También era conocida la geometría entre griegos -se sigue enseñando el teorema de Pitágoras- y egipcios, estos últimos reunieron grandes nociones de medicina. Por no hablar de los inventos procedentes de China -la brújula y la pólvora, por ejemplo- o los que encontraron tantos otros, muchos de los cuales ignoramos aún. Sin embargo, en ninguna de esas civilizaciones se ha dado ciencia en el sentido estricto que hoy tiene: estudio sistemático de los fenómenos naturales utilizando la razón para encontrar sus causas y relaciones. Siempre han sido conocimientos más o menos dispersos, que no llegaban a formar una verdadera disciplina científica. Sin embargo, en la civilización cristiana, y sólo en ella, se han desarrollado las ciencias tal como hoy las conocemos.

El fenómeno, fácilmente comprobable, no deja de ser asombroso: ¿cuáles pueden ser las causas?; ¿en qué se diferencia la civilización cristiana para que haya ocurrido así?[2].

La primera respuesta la tenemos en que las demás civilizaciones son paganas, es decir, creen en numerosos dioses, que andan mezclados con las realidades materiales del universo. Hay dioses para la fertilidad, la lluvia o la siembra, y demonios para las enfermedades y plagas. Es cierto que se estudian el sol, la luna y las estrellas, pero porque se las considera divinas y rigen el destino de los hombres; más que astronomía se hace astrología para obtener horóscopos -superstición ignorante que aún continúa-. Tampoco se estudian los elementos químicos, sino que se hace alquimia: ciencia mágica y sagrada que busca la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud. Por su parte, también Pitágoras creía que los números eran divinos; etc.. Así la existencia de los hombres se creía dominada por ciegas fuerzas de carácter sobrenatural: el fatum o destino, que impregnaban la vida y la naturaleza.

Con el cristianismo, la situación cambia radicalmente, pues enseña que hay un único Dios, trascendente al mundo, el cual ha entregado a los hombres como su heredad, para que lo cuiden y trabajen. El hombre es radicalmente libre y ya el destino inexorable no es señor de su vida, sino que cada persona queda en manos de su propia responsabilidad. Por lo tanto no hay miles de diosecillos detrás de las cosas y de los acontecimientos: el universo entero queda desacralizado.

Además, el mundo no es resultado de la casualidad ni de ciegas fuerzas desconocidas: es obra de un Dios personal, que es Inteligencia y Amor, y que ha hecho al mundo inteligible, dotándolo de unas leyes y un orden que el hombre puede y debe descubrir. No hay, por lo tanto, misterios en la naturaleza, sino el orden de una racionalidad que Dios mismo le ha dado. Ésta es la convicción que tenían, por ejemplo, Ticho Brahe, Copérnico, Galileo o Kepler, por lo que buscaban las leyes de los astros con la seguridad de que las encontrarían, ya que estaban allí puestas por Dios. Veían en esas leyes tan perfectas un reflejo de la perfección de Dios mismo. Por eso se ha podido afirmar: «La Ciencia experimental moderna no nació a pesar de la Teología, sino de su mano»[3].Porque es innegable «la existencia de una misma avenida intelectual que constituye a la vez la ruta de la ciencia y los caminos hacia Dios. La ciencia encontró un nacimiento viable sólo dentro de una matriz cultural empapada del firme convencimiento de que la mente es capaz de encontrar en el ámbito de las cosas y de las personas una señalización que conduce a su Creador. Todos los grandes avances creativos de la ciencia se han realizado mediante una epistemología pareja a esa convicción, y siempre que se ha resistido con fuerza a una tal epistemología, la investigación científica ha sido privada de su fundamento sólido»[4].

Por esas razones se produce la paradoja de ser la civilización cristiana la única que crea una ciencia, por así decir, atea (no sagrada ni mágica). Un saber que no busca explicaciones misteriosas ni cree que haya secretos ocultos insolubles en la naturaleza. Tiene la seguridad de que hay leyes y orden inteligibles, los cuales deben ser descubiertos mediante el estudio y un adecuado uso de la razón, que también Dios nos ha dado. Esa seguridad la siguen teniendo actualmente los científicos, que investigan con la certeza de encontrar leyes racionales. Saben que no están perdiendo el tiempo tontamente. También, al descubrir la maravillosa estructura que Dios ha dado al mundo, muchos de los mejores científicos -como el mismo Einstein- ven en esas leyes la obra ordenadora de la Inteligencia divina.

 

LA POSIBILIDAD PRACTICA DE LA CIENCIA Y EL CRISTIANISMO

Pero la influencia del cristianismo no se ha limitado a crear una mentalidad que haga posible las ciencias, pues también se deben al cristianismo los medios concretos y prácticos que han conducido al desarrollo, de hecho, de las ciencias. La principal de las instituciones creadas por la Iglesia para alcanzar ese fin, y que aún perdura sin que se haya encontrado nada que pueda sustituirla, es la Universidad.

Las Universidades surgen, con ese nombre y como instituciones jurídicas de pleno derecho, en el siglo XIII. El punto de partida es la Bula papal Parens scientiarum de 1231, que otorga los estatutos a la Universidad de Paris (Universitas magistrorum et scholarium Parisium commorantium: Totalidad de los profesores y alumnos que habitan en París). Esta es la primera Universidad del mundo; a continuación se fundaron las de Bolonia, Montpellier, Oxford, Orleáns, Salamanca, Coimbra, etc., hasta alcanzar el número de catorce antes de que acabase el siglo. Todas ellas se originan ante la gran afluencia de alumnos que acudía a las escuelas catedralicias y monacales, que se estaban quedando pequeñas y llevaban varios siglos en marcha. Así, por ejemplo, la Universidad de París sucede y reúne a las escuelas existentes en la Catedral de Nôtre-Dame y en los Monasterios de Santa Genoveva y de San Víctor. Por reunir en una única institución a la totalidad de los alumnos y profesores, se la llamó Universitas. Además, siendo instituciones de derecho pontificio, gozaban de un estatuto que las hacía autónomas respecto de las autoridades locales.

Con las Universidades se acaba la costumbre, habitual en las civilizaciones no cristianas, de considerar los conocimientos como una fuente de poder sagrado. Procuraban mantenerlos ocultos -esoterismo, ocultismo-toda una casta de magos, brujos, chamanes, hechiceros y sacerdotes: únicos que tenían derecho a conocerlos y que transmitían sólo al grupito cerrado de elegidos llamados a sucederles. En la Universidad, la Iglesia proporcionaba los medios para investigar y progresar en el conocimiento, pero imponía la obligación de transmitir esos saberes a quienes quisieran aprender, sin guardárselos para sí mismos y su provecho propio, manteniéndolos en secreto. Era un lugar en el que se practicaba una de las primeras y más importantes obras de caridad y misericordia: enseñar al que no sabe. Allí se llevaba a la práctica el lema cristiano: comtemplata aliis tradere (lo contemplado, lo conocido, enséñese a los demás)[5].

Las Universidades, si quieren cumplir con su función propia, deben ser lugares en los que se investigue, se aprenda y enseñe. En ellas se ha de buscar y transmitir la verdad, sin prejuicios ideológicos cerrados y decimonónicos. También sin convertirlas en simples fábricas de títulos burocráticos. Por dejarse llevar por estos planteamientos erróneos, bien alejados del servicio al primer bien que necesita el hombre, que es la verdad, sucede que «la universidad -esta gloriosa institución europea que nació de la Iglesia- se demuestra incapaz de elaborar un proyecto cultural aceptable. Ello quiere decir que ha perdido la misma función de guía de la cultura en la sociedad actual»[6]. Conviene, pues, que recupere la finalidad que le dio el cristianismo, y sirva a la verdad, no a ideologías o burocracias.

Además de las Universidades, se debe al cristianismo la invención -muchos siglos antes de que a nadie se le ocurriera poner un Ministerio de Educación- de la enseñanza para todos. Antes del cristianismo ya se daba la enseñanza, pero era algo reservado a unos cuantos elegidos, o las clases dominantes. Nadie pensó en dar instrucción a todas las personas, de cualquier clase y condición. Los colegios para los más pobres los pusieron las órdenes religiosas, las mismas que ahora son acusadas de elitismo. En esa tarea se han gastado muchas vidas de almas entregadas, que no buscaban ningún provecho: enseñaban gratis et amore (gratuitamente y por amor). Es curioso constatar cómo en algunos países se les prohibió la entrada a esas órdenes, por parte de gobiernos incluso ilustrados, con la excusa de que si se daba educación a todos, y no sólo a los dirigentes, el pueblo se volvería ingobernable. Si hoy día tenemos claro que la enseñanza es un bien básico que se debe dar a todos, es gracias a la influencia del cristianismo y de su tarea educadora realizada durante siglos. Labor que buscaba formar personas y no una masa fácilmente manipulable.

Dedicando muchas personas a la enseñanza, el cristianismo consiguió civilizar a los pueblos bárbaros, tras la caída del Imperio Romano. Si algo queda vivo de la civilización grecorromana es gracias al cristianismo, que lo ha conservado, transmitido y desarrollado, y no por la vitalidad de aquellas civilizaciones, que murieron de debilidad interna. Esta civilización nuestra debe lo mejor que tiene al cristianismo. Conviene recordar esta verdad, para saber seguir atendiendo a las advertencias de la Iglesia, cuando pone en guardia frente a un progreso materialista, que ya no sería verdadero progreso, pues en él las cosas se ponen por delante de las personas. Con esas advertencias la Iglesia no quiere frenar el progreso, sino hacerlo verdaderamente humano, de manera que no se convierta en una amenaza de destrucción para el hombre y para la naturaleza que Dios confía a su cuidado. Porque, desgraciadamente, «el hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce... En esto parece consistir el capítulo principal del drama de la existencia humana contemporánea»[7]. Para evitar este peligro, el Papa Juan Pablo II insiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materias[8].