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«Perdón, perdón y perdón»



Familiares y conocidos de los mártires que serán beatificados el próximo domingo relatan cómo murieron sin odio hacia sus asesinos Setenta años después, sus descendientes no buscan culpables ni guardan rencor.

La Razón

Madrid- En el corazón de Ana Blanco no hay lugar para el rencor. Sólo tenía tres años cuando fusilaron a su padrino, Bartolomé Blanco, un joven católico militante que aún no había cumplido los 22. «Perdono de todo corazón. Y no sólo yo, sino que en casa todos hemos perdonado. Las primeras, mis tías, que siempre supieron quién era la persona que lo había matado y nunca lo revelaron, se llevaron el nombre a la tumba. De hecho, cuando terminó la guerra, les dijeron que podían poner una denuncia y el culpable iría a la cárcel, pero ellas se negaron, dijeron que ya estaba perdonado y que si Bartolomé perdonó, nosotros también lo haríamos».
  
El recuerdo de los 498 mártires que serán beatificados el próximo domingo está vivo todavía hoy entre sus amigos, familiares y descendientes. Sus antiguas fotografías siguen colgadas -70 años después- en las paredes de las casas donde habitaron; sus escritos se guardan como reliquias y su legado de perdón a los verdugos que no dudaron en apretar el gatillo se transmite de generación en generación.

Bartolomé Blanco, a sus 21 años, era un joven inteligente, dinámico y comprometido con la causa católica. Publicó numerosos artículos defendiendo la religión, era sindicalista, catequista con los salesianos y secretario de Acción Católica. Cuando aún era un niño, quedó huérfano de padre y madre, por lo que fueron sus tíos los que le criaron como a un hijo más. A ellos y a sus primos se dirigió por escrito desde la cárcel de Jaén cuando el martirio asomaba ya a la puerta de su celda, sólo un día antes de ser fusilado descalzo y con los brazos en cruz al grito de «¡Viva Cristo Rey!»: «Sea ésta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal».
 
  Un padrino en el cielo
  
Ana Blanco todavía se emociona, y a veces incluso llora, cuando relee las cartas que dejó como testamento su padrino y que ella se sabe de memoria. Las misivas, una dirigida a sus tías y primos y otra a su novia Maruja, no han salido nunca de la casa. La primera tiene un valor especial para Ana: «Soy la única persona a la que nombra». Y Bartolomé lo hace con un cariño especial: «Sólo quiero que continuéis como siempre: comportándoos como buenos católicos. Y sobre todo a mi ahijadita tratarla con el mayor esmero en cuanto a la educación; yo, que no puedo cumplir este deber de padrinazgo en la tierra, seré su padrino desde el cielo e imploraré que sea modelo de mujeres católicas y españolas». Y así lo siente Ana, que ante las muchas dificultades que le ha deparado la vida siempre ha acudido a la intercesión de su padrino mártir.
   María Jesús Blanco no había nacido cuando Bartolomé fue asesinado; sin embargo, siente como si le conociera de siempre porque en su casa la memoria de su tío nunca ha caído en el olvido. «A mi tío no lo mataron porque defendiera al obrero o a la familia. Lo mataron porque era cristiano. En el interrogatorio, el fiscal le dijo que qué pena que fuera a morir por sus ideales cristianos porque si renunciara a sus creencias católicas le perdonarían la vida. A esto, mi tío contestó que mil vidas que tuviera, mil vidas que defendería la causa cristiana», recalca. «Mi tío no nos dejó en sus cartas ninguna opción política, sólo nos dejó una opción religiosa», añade María Jesús.
 
 A punto del martirio
 
 El perdón que se respira en la casa de los Blanco no es una excepción. Emilio Alonso es un salesiano de 91 años que hoy podría ser uno de los mártires a beatificar si no fuera porque, como él dice, la Providencia lo salvó. La guerra le alcanzó cuando tenía 20 años y estaba estudiando el noviciado en el convento que la congregación tiene en Mohernando (Guadalajara). Nueve de los compañeros que vivían con él fueron fusilados; sin embargo, Emilio perdona sin dudar: «No guardo rencor, en realidad, me dan pena porque todos los que fueron los autores asesinos posiblemente no tienen culpa alguna, lo hicieron por ignorancia. Les habían dicho que los frailes tenían armas y que las monjas daban caramelos envenenados a los niños».
   Emilio recuerda como si fuera ayer el clima de tensión que se fue gestando desde la quema de conventos en 1931. «Desde que vino la República ya nos tenían atemorizados a todos los religiosos y religiosas. Por todas partes escuchábamos a los chicos cantar “si los curas y frailes supieran la paliza que les van a dar, subirían al coro cantando libertad, libertad, libertad”. Así que empezamos a ir vestidos de paisano, porque en el momento en el que veían a un cura con hábito le empezaban a insultar», explica. «Un día vino a visitarnos un sacerdote de un pueblo vecino. Le preguntamos qué tal estaban las cosas y él no nos ocultó su pesimismo, nos dijo que no había remedio, que todos íbamos a acabar mal y que debíamos prepararnos para el martirio. Cuando se marchó, el director de la casa intentó quitar dramatismo al asunto, pero el cura tenía razón y los dos acabaron mártires».
   En julio del 36, el miedo se convirtió en pánico. «Los curas del convento ya nos habían confesado unas diez veces porque creíamos que nos matarían en cualquier momento. De ahí a que me hubieran pegado un tiro no había nada», recalca Alonso. El salesiano ejemplifica este convencimiento del martirio que tenían con el episodio que vivió con uno de sus compañeros asesinados: «Se llevaron a un sacerdote en un coche con dirección a Madrid. A los dos o tres kilómetros cachearon al cura y le encontraron un crucifijo pequeño en el pantalón. Le obligaron a tirarlo al suelo y a pisarlo pero él se negó, así que le fusilaron. Sólo unas horas antes yo estuve con él en la celebración de un misa seca, ya que no teníamos ni vino ni hostias. Era andaluz, un hombre muy gracioso, y recuerdo que me dijo: “Yo a estos los perdono, los perdono hasta con la mano izquierda”, es decir, que ya los perdonaba antes de saber siquiera que lo iban a matar. Estábamos en un clima martirial, estábamos convencidos de que nos iban a fusilar. Con él acertaron, yo me salvé».
 
  Mártires, símbolo de unión

   Germán Arconada nació cinco meses después del martirio de su tío Dámaso, un agustino de 32 años que fue fusilado en Paracuellos del Jarama. Aunque no lo conociera personalmente, Germán se sabe al dedillo la historia de su pariente mártir. «En casa de mi abuelo siempre he visto la foto de mi tío Dámaso con la palma del martirio. También he encontrado dos cartas suyas en casa de mi padre, que han conservado durante 71 años. Ellos veían algo especial en él y por eso guardaron todas sus cosas», relata. «Me impacta mucho que cuando iba camino de Paracuellos del Jarama, animaba a todos sus compañeros diciendo: “Oye, pero si esto es sólo un paseo, nos vamos al cielo”. Es impresionante esta visión clarísima que tenía de que hay algo más allá de la muerte y de que hay un Dios que nos acoge y abraza en la otra orilla».
   Como todos los familiares de los mártires, Germán no duda en perdonar a los verdugos de Dámaso. «Si me oyera aquel que hizo que mi tío muriera, y que aún vive, le diría que desde mi corazón no hay ningún sentimiento de odio y que lo único que quisiera es que reconociera que lo más bonito que hay en el hombre es el amor y que simplemente se ha confundido, como todos nos podemos confundir, pero que lo importante es volver al amor». Germán es padre blanco y aunque no vivió la Guerra Civil española sí ha conocido de cerca la de Burundi, donde es misionero desde hace 44 años. Por eso, cree que «lo más importante para todas las convivencias es profundizar en el amor de Dios que es universal. En Burundi, como en España, necesitamos una referencia de un Dios que una a hutus y tutsis en el amor. Mi tío es un reflejo de ese amor de Dios».
 
 *Compañero de Emilio Alonso*Tío de Germán Arconada
   *Tío de Luis, M.ª Jesús y Ana Blanco