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Entrevista a Monseñor Gabino Díaz Merchán, hijo de dos mártires.



El que fuera Presidente de la Conferencia Episcopal Española (1981-1987), Monseñor Gabino Díaz Merchán, arzobispo emérito de Oviedo, concedió una entrevista al periódico La Nueva España (26 febrero 2006) con motivo de sus ochenta años. En el diario realizó algunas reflexiones sobre episodios poco conocidos de su vida.


Hemos realizado esta nueva entrevista, exclusiva para nuestro Semanario, en base a muchas de las afirmaciones allí vertidas. El motivo es que sus padres, que vivían en Mora de Toledo, están incluidos en el Proceso de canonización de los mártires que con motivo de la persecución religiosa de los años 30 se instruye en la Archidiócesis de Toledo. En la sección aparecen, completando la entrevista, los datos biográficos del matrimonio.


Don Gabino recordaba en las primeras preguntas que el Excmo. Don Gregorio Modrego Casaus, siendo administrador de la archidiócesis toledana por la muerte del Cardenal Gomá, fue a Mora de Toledo para ordenar a unos veinte sacerdotes que habían sobrevivido a la guerra. Yo tenía 14 años y… salí impactado de esa celebración por la misión que asumían aquellos sacerdotes, porque la situación en que había quedado la sociedad era terrible y la Iglesia había quedado desmochada totalmente, con comunidades desunidas por el odio. Me pareció que podía hacer una labor como sacerdote y así empecé los estudios en Toledo.

Monseñor al ser preguntado sobre la situación económica familiar para poder emprender sus estudios recuerda: “Yo no tenía nada. Además de perder a mis padres, lo perdimos absolutamente todo, hasta la ropa. Nuestra casa la requisaron. Saqué algunas cosas cuando nos dejaron ir. Unos pendientes de mi madre, muy buenos, que tenía escondidos y nos dejaron sacar sábanas”.

“Yo estaba en la que llamaban zona roja. Ahora la llaman republicana o constitucional, pero no había allí nada de constitucional. Las fuerzas efectivas eran de tipo político-sindical y había de todo: personas con sentimientos humanos y otros que propendían fácilmente a liquidar a la gente”.
“Tenía un primo hermano en Campo de Criptana (Ciudad Real). Mi primo era el jefe de la FAI, era anarquista y al ver que empezaban a matar gente, empezó a armar a parientes y a amigos y a personas en peligro. Les dio el carné de la CNT. Los salvó, en una palabra. Mi primo vino a Mora porque el jefe del PC había sido amigo suyo en la infancia. Vino para interesarse por mi padre, que era del Partido Republicano Democrático, de Melquíades Álvarez e Hipólito Jiménez, que era de Mora. Y vino para llevarse a mis padres a Criptana, pero su amigo, Carlos Torres, le aseguró que no les pasaría nada”.
“Mi padre no se había distinguido en política. Tenía un comercio de ultramarinos al por mayor. Pero al mes fueron a por él y mi madre quiso acompañarlo, ir con él. Era una cristiana muy valiente y les dijo que ella quería morir con su marido. «No diga barbaridades, no vamos a hacerle nada», dijeron ellos. Pero los cogieron en un coche y los llevaron al lugar donde los mataron. Yo soy un niño de la guerra, en cierta forma.
Al ser preguntado por si todo aquello le marcó ideológicamente, Don Gabino, sigue respondiendo: “No. Viví la muerte de mis padres como una tragedia, a los diez años. Aunque me rodeó el cariño de mis tíos y primos, que me toleraron todo, demasiado, el cariño de los padres es algo que no se puede sustituir con nada. Mora tendría entonces quince o dieciséis mil habitantes. Mi padre era querido por los vecinos porque llegó un momento en que fiaba a todo el mundo. Había muchos obreros parados. Me acuerdo que cuando salí de casa los primeros días vestido de luto los vecinos me paraban, me besaban y lloraban. Muchas veces pensé que mis padres se habían ido a México y que vendrían algún día”.
“Tuve experiencias muy buenas que me ayudaron a encajar cristianamente mi fe y ayudaron a mi vocación. Por ejemplo, un día me invitaron a ir a aquella cárcel que había estado llena de gente de un signo y ahora estaba llena de gente del otro. Había un retén del ejército que impidió los linchamientos. Hubo juicios, si se quiere muy rudimentarios, y no se hicieron matanzas. Me invitaron a hacer guardia con un fusil. Yo no podía con él. No era como los del Frente de Juventudes, que eran de madera. Vi a los presos. Vi aquella tristeza y pedí que me dejaran marchar, y me dejaron. Tenía 13 años.

-¿Estaban en la prisión los ejecutores de su padres?
-Es posible. Yo no los conocía. Mi familia sí, porque ellos habían contado cómo murieron mis padres.

-¿Cómo?
-Los llevaron en un coche a unos diez kilómetros de Mora, cerca de Orgaz. A la altura del cementerio pararon. Mi padre llevaba el ánimo muy caído acordándose de nosotros, según contaban ellos. Mi madre le iba confortando. Le decía que pensara en Dios, que él no quería más a sus hijos que Dios… Los colocaron para fusilarles y mi madre le vendó los ojos a mi padre con un pañuelo, y le cogió de la mano. Rezaba y decía jaculatorias. Entonces, mi madre se volvió al pelotón y dijo: “¡Viva Cristo Rey!”. Y así murieron. Fue providencial que mi madre fuera con él, porque lo consoló, lo ayudó, lo fortaleció. Mi madre murió mártir del matrimonio, entregada a su marido, por encima de sus hijos y sin que fueran a por ella: Morir por el matrimonio es morir por la fe. Murió casi como un sacerdote que ayuda a morir a una persona. Dieron un buen ejemplo cristiano. Valoro eso más que si me hubieran dejado tierras o dinero. Esto sucedió el 21 de agosto de 1936. Don Gabino había nacido en 1894 y Doña Paz un año después. Según las actas del Ayuntamiento tenían en el momento de su muerte 42 y 41 años respectivamente.

-Esa forma de matarlos y de contarlo después ¿no despierta ánimo de venganza?
-En los primero momentos de Mora, después de la liberación, que decíamos, los presos que habían estado en la cárcel fueron a buscar a Carlos Torres, el jefe del Partido Comunista. Yo fui con ellos. Seríamos unos cien. Llegamos a la casa y no estaba. Había escapado. Estaba la madre y lloraba porque le rompían los muebles, en fin, una especie de revancha. En ese momento uno de los presos se subió a una silla y nos dijo a todos: «Estoy avergonzado porque somos cristianos y esto un cristiano no lo puede hacer. Esta mujer es inocente y su hijo, si ha hecho algo, que lo juzgue el tribunal. Esto no puede ser». Aquello me impresionó muchísimo, muchísimo… Vi que tenía razón y me marché.

-¿Y su reflexión cristiana sobre ello?
- Todo eso me hizo madurar en la idea de que un cristiano no puede dejarse llevar del odio, aunque sea en nombre de la justicia. Eso te destruye. Siempre, a partir de entonces, reaccioné de esta manera y me fui acercando a una vivencia religiosa, más profunda, más interior y más comprometida.

-¿Cómo explica usted esa violencia antirreligiosa?
-En el año 1931, me acuerdo aunque tenía 5 años, se recibió la República en mi casa con alegría. Pero cuando empezaron las quemas de conventos y amenazas en el Parlamento, todo eso hizo cundir una especie de odio visceral. Yo no soy historiador, pero lo que viví es que la República fue atacada por los dos lados, por los generales que se sublevaron y por los partidos de izquierdas, que quisieron dar pasos a un estado diferente que no era democrático: era la dictadura del proletariado. Y por una razón muy clara, que también influyó mucho en mí, había mucha gente en la miseria. Recuerdo en mi pueblo a miles de personas en la plaza sin poder trabajar, sin poder llevar a sus casas un pequeño jornal. Esa situación de una gran parte del pueblo español que estaba en la miseria eso era un caldo muy malo para estas situaciones de revanchas, de odio.

-¿Cómo juzga el papel de la Iglesia institucional durante la guerra?
-Es muy difícil dar un juicio, pero fíjese en el plan. Toledo: matan unos trescientos curas en un mes o mes y medio. A algunos les obligan a subir al púlpito a blasfemar; como se niegan, les disparan. A otros les cortan sus partes… Hubo sadismo en algunos casos. ¿Cómo va a reaccionar la Iglesia a favor de la República cuando además la República no se veía por ningún lado en la zona roja?