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¿Qué hace la Iglesia?



Deberíamos sentirnos no sólo solidarios, sino orgullosos de la Iglesia fuesen cuales fuesen nuestras creencias

Hace unos años, un rabino argentino y buen amigo mío me contó que estaba en cierta ocasión reunido con varios sacerdotes católicos, entre ellos dos obispos, y que les comentó que no podía entender como teniendo una iglesia tan volcada en hacer el bien y una religión con rituales tan profundos y hermosos, vendía tan mal el «producto». El rabino, especializado en márketing religioso, utilizaba con singular profesionalidad la jerga de los publicitarios y aplicaba sus métodos para «vender» su religión que, dicho sea de paso, es el origen y fundamento de nuestro cristianismo. Qué a gusto, Dios mío, me puedo llegar a sentir en una sinagoga y qué poco me encuentro en una mezquita como no sea para visitarla como elemento artístico o arquitectónico. Con todo el respeto para los mil millones de musulmanes pienso, y no me apeo de esta creencia, que el Islam es una herejía como ya lo afirmaba en el siglo VII el sirio San Juán Damasceno, una herejía doble, judía y cristiana, una equivocada y regresiva interpretación de la Sagrada Escritura.

Pero volvamos a lo que iba. Mi amigo Fernando Satrústegui, que es abogado como yo, me suele enviar notas e informes, además de buenos chistes, por Internet. El otro día me mandó una serie de datos que colocados uno detrás de otro, resultan espectaculares y me acordé de mi amigo rabino y de su reproche sobre lo mal que vendemos los católicos nuestra Iglesia. Efectivamente, los periódicos progres amplifican los defectos, que son anecdóticos, de la Iglesia hasta dar la impresión de que es un nido de vicios y de corrupción enfrentada a la modernidad. Bien, a veces pienso que aunque sea impopular, esa titánica lucha de la Iglesia católica por defender la verdad y las cuestiones más elementales, algún día tendrá su recompensa. Pues la verdad está en la defensa de la vida desde el mismísimo inicio de la misma; la verdad consiste en llamar a las cosas por su nombre, como el matrimonio, sin confundirlo con inclinaciones sexuales que serán, para la moral de nuestro tiempo, muy respetadas, pero que nada tienen que ver con el matrimonio; y la verdad, en fin, está en no traspasar los límites de la investigación científica. «La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero», decía Juan de Mairena a sus alumnos.

¿Qué hace, pues, la Iglesia con los dineros que administra? ¿Se lo gasta en sí misma como quieren dar a entender los que no entienden nada? Veamos algunas cifras. La Iglesia y sus confesiones religiosas mantienen en España 5.141 Centros de enseñanza, lo que supone educación para casi un millón de alumnos y un ahorro para el Estado aproximado de tres millones de euros por centro y año; tiene a su cargo 107 hospitales (50 millones de euros ahorrados por hospital y año); entre ambulatorios, dispensarios, asilos, centros para minusválidos o enfermos terminales de sida dependen de la Iglesia 1.004 centros, o sea 51.312 camas (4 millones de euros por centro y año ahorrados); Cáritas, la verdadera ONG, gasta al año 155 millones de euros salidos del bolsillo de esos cristianos españoles tan criticados; y el gasto de Manos Unidas es de 43 millones que salen del mismo y exacto cristiano bolsillo; y, ¿recuerdan ustedes el Domund? Ahora se llama Obras Misionales Pontificias y, del mismo bolsillo que los anteriores, salen 21 millones de euros. Sigamos con esta Iglesia tan despreciable llena de curas depravados y riquezas vaticanas sin cuento: La Iglesia católica mantiene en España 365 Centros de reeducación social para personas marginadas, es decir, prostitutas, presidiarios, toxicómanos que quieren tener otra oportunidad, en total la friolera de 53.140 personas, con lo que el Estado ahorra medio millón de euros por centro al año. ¡Ah!, y además mantiene orfanatos, 937 para ser exactos, cobijando a 10.835 niños abandonados. Increíble, ¿verdad? De la Iglesia deberíamos sentirnos, no sólo solidarios sino, también, orgullosos fuesen cuales fuesen nuestras creencias. Mi amigo Rabino tenía razón: la Iglesia, quizás por estar demasiado ocupada, no sabe vender. Porque además, y eso va para los exquisitos, mantiene el 80% del gasto de conservación y mantenimiento del patrimonio histórico-artístico eclesiástico.

Todos estos datos es probable que apenas ocupen alguna línea en la prensa progre, pero la fantochada de las misas de Entrevías, con sus zerolos y cazerolos, sí ocupa titulares enteros. Son esos que sostienen que nuestros obispos, especialmente focalizados en los cardenales Rouco y Cañizares, se dedican a la disquisición teológica o a vivir de sus tradiciones en sus palacios, mientras los curas de San Carlos Borromeo atienden a los pobres (comunistas a ser posible). Pues no, señores. Es precisamente esta Iglesia, la de Roma, que es la de la Conferencia Episcopal, y de la que son cabezas visibles en España esos dos cardenales y el obispo Blázquez, entre otros muchos, quienes realizan la inmensa labor social, además de atender a nuestras almas atribuladas, que apenas se valora ni se conoce.

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