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Mito número 2: Los cruzados llevaban crucifijos pero lo único que les interesaba era conquistar riquezas y tierras.



Hace tiempo, los historiadores afirmaban que en Europa se había producido un aumento demográfico que llevó a un número excesivo de nobles segundones, adiestrados en las artes de la guerra caballeresca pero privados de la herencia de tierras feudales. Las cruzadas por tanto eran vistas como una válvula de escape que impulsaba a estos hombres guerreros a salir de Europa, hacia tierras por conquistar a expensas de otros.

La historiografía moderna, con la ayuda de la llegada de las bases de datos computerizadas, ha destruido este mito. Hoy sabemos que eran más bien los primogénitos de Europa los que respondieron al llamamiento del Papa en 1095 y a la consiguiente Cruzada.

Ir a una cruzada era una operación muy costosa. Los señores se veían obligados a vender o hipotecar las propias tierras para conseguir los fondos necesarios. Muchos de ellos, además, no tenían interés en constituir un reino de ultramar. Más o menos como los soldados de hoy, los cruzados medievales se sentían orgullosos de cumplir con su deber, pero al mismo tiempo deseaban volver a casa.

Tras los éxitos espectaculares de la primera cruzada, con la conquista de Jerusalén y de gran parte de Palestina, prácticamente todos los cruzados volvieron a casa. Sólo una mínima parte se quedó para consolidar y gobernar los nuevos territorios.

Asimismo el botín era escaso. Aunque los cruzados hubieran soñado con grandes riquezas en las opulentas ciudades orientales, prácticamente casi ninguno logró ni siquiera recuperar los gastos. Sin embargo, el dinero y la tierra no eran el motivo para lanzarse a la aventura de una cruzada. Iban a expiar los pecados y ganarse la salvación mediante las buenas obras en una tierra lejana.

Afrontaban gastos y fatigas porque creían que, yendo a socorrer a sus hermanas y hermanos cristianos en Oriente, habrían acumulado riquezas donde ni el orín ni la polilla las corroen.

Eran bien conscientes de la exhortación de Cristo, según la cual, quien no toma su cruz no es digno de Él. Recordaban también que «nadie tiene un amor más grande que quien da la vida por los amigos».