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Matar a quienes matan va contra el Evangelio



Una interesante reflexión sobre la pena de muerte en los EEUU escrita por el Arzobispo de Miami.

Mis queridos amigos:

¿Matar o no matar?

La respuesta está clara en el caso de inocentes criaturas que aún no han nacido. Su derecho a la vida tiene que ser respetado. Pero, ¿qué decir del derecho a la vida de criminales convictos?

Como los teólogos están señalando, las enseñanzas de la Iglesia acerca de la pena capital están cambiando. Y la avanzada de ese cambio lo es el propio Papa Juan Pablo II.

El Papa les ha pedido a los católicos que reexaminen su pensamiento acerca de la pena de muerte. En primer lugar, él personalmente perdonó al hombre que trató de matarlo. Después dio a conocer su Encíclica El Evangelio de la vida, en la que estableció que el castigo por delitos violentos "no debe llegar al extremo de ejecutar al culpable, excepto en casos de absoluta necesidad" (Párrafo #56).

Esta matizada enseñanza está contenida en el nuevo Catecismo: "Si los medios incruentos bastan para defender las vidas humanas contra el agresor y para proteger de él el orden público y la seguridad de las personas, en tal caso la autoridad se limitará a emplear sólo esos medios..." (#2267).

¿Está el Santo Padre repudiando siglos de enseñanzas de la Iglesia? Absolutamente no. Meramente está aplicando estas enseñanzas a las realidades del mundo moderno. La cuestión no es si el estado tiene el derecho de ejecutar criminales; sino si debe recurrir a esta solución más violenta cuando otras opciones --como la prisión perpetua sin derecho a libertad condicional-- están disponibles.

Un desarrollo similar ha tenido lugar en cuanto a las enseñanzas de la Iglesia en relación con lo que puede llamarse "una guerra justa".

Tan recientemente como el siglo pasado la agresión era la norma y la mayoría de las disputas entre las naciones se resolvían por medio de la violencia.

Hoy, después de dos sangrientas guerras mundiales y del advenimiento de las armas nucleares, la humanidad contempla los conflictos armados como un último recurso. Hemos empezado a pensar en nosotros mismos como una familia de naciones compartiendo el mismo planeta.

En terminología eclesiástica, todos somos hijos e hijas de Dios, y debemos tratar al prójimo como a nuestros propios hermanos y hermanas. La guerra, por lo tanto, tiene que ser el último recurso. Como establece el Catecismo: "Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de legitimidad moral" (#2309).

Igual que en el caso de la pena capital, la cuestión ya no es más de "si podemos", sino de "si debemos". En ambos casos, el Papa y el Catecismo dejan bien claro que raramente, si es que existe alguna vez el caso, debe elegirse la guerra o la pena de muerte como solución.

Como los obispos de la Florida establecieron en su reciente apelación por las vidas de dos asesinos convictos destinados a morir en la silla eléctrica: "Si se conmutan estas penas de muerte y se aplica prisión perpetua, ¿no estará tan segura la seguridad de las personas o la preservación del orden público?...Matar personas para demostrar que matar es incorrecto, es una contradicción lacerante..."

Mons. John C. Favalora

Mons. Favalora es Arzobipo de la Arquidiócesis de Miami, Estados Unidos.