DOMUS PERALTA

Casa de Espiritualidad en Navarra

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Expedientes X: Revolucion del 68

Mayo del 68: la revolución de los niños de papá

 

La revuelta cuyas imágenes darían enseguida la vuelta al mundo y pondrían en jaque a toda la Francia gobernada por el general De Gaulle, había surgido de grupúsculos de estudiantes satisfechos y encantados de haberse conocido que, como casi todos los de entonces, pertenecían a la burguesía tradicional o a las clases medias emergentes en la acelerada Europa de la prosperidad y el crecimiento económico de la postguerra.


Se quiso ver siempre en ellos a meros estudiantes de izquierda radical, contestatarios al poder establecido y a la izquierda burocrática del Partido Comunista Francés, solidarios con movimientos contrarios a la guerra de Vietnam y al nuevo colonialismo en el Tercer Mundo. Pero la realidad los sepultó, quedando como un bello estallido utópico preñado de ingeniosos y delirantes eslóganes (“La imaginación al poder”, ”Prohibido prohibir”, ”Seamos realistas, pidamos lo imposible”, ”Un pensamiento que se estanca es un pensamiento que se pudre”, ”La barricada cierra la calle pero abre el camino”, ”Es necesario explorar sistemáticamente el azar”, ”La acción no debe ser una reacción sino una creación”, ”No es una revolución, es una mutación”, ”Mis deseos son la realidad”), y de una sugerente épica antiautoritaria. Fue un movimiento anarquizante, pintoresco, novedoso y rompedor que se enfrentaba al orden establecido y que no alcanzó el Poder, pero sí transformó la sociedad francesa y el resto de las sociedades occidentales, reconociendo los derechos de la mujer y teorizando la ideología de género, liberalizando las costumbres de un modo casi libertario, democratizando las relaciones sociales y generacionales hasta rozar el puro igualitarismo y la chabacanería, y disminuyendo el autoritarismo en la escuela con la divulgación suicida de las disolventes e igualitaristas doctrinas pedagógicas de la Escuela de Summerhill.

El objetivo a batir era la autoridad. Una autoridad a la que había que oponerse casi por principio para liberar lo oculto; aquello que deseamos pero que se nos impide imaginar como realizable. Estos hijos de la sociedad opulenta gritaban al mundo su insatisfacción, sus esperanzas por acceder a lo que les era negado por el sistema burgués. Tenían a mano el instrumental de las revueltas de la tradición marxista, pero su movimiento apuntaba a algo más profundamente nuevo. Eran, sin saberlo, unos postmayistas, unos antiglobalización avant la letre.

Aunque la rebelión acabó por disolverse como un azucarillo en un vaso de agua, las sociedades occidentales no saldrían incólumes de este insolente movimiento de rebeldía. Se empezó a ser consciente de que había empezado un proceso de renovación de las anquilosadas democracias de postguerra. El triunfo de los soixante-huitards no fue en las calles, ni en la vida política. Su impacto se percibió en el radical cuestionamiento de la autoridad que poco a poco se fue trasladando al ámbito educativo, ya fuera la familia, la escuela o la Universidad.

Mayo del 68 escenificó –no olvidemos, por cierto, que la tramoya fueron las barricadas que se hacían con cosas recogidas de la calle, preferentemente coches de los “cochinos” burgueses y eso que ahora se llama mobiliario urbano- un pulso a la autoridad en el poder y en la oposición, a De Gaulle pero también al Partido Comunista para que universitarios anarcomarxistas, intelectualoides demagogos –recordemos a Sartre y Simone de Beauvoir jugando a revolucionarios en las libertarias asambleas abiertas de la Sorbona- y señoritos existencialistas lanzaran su insatisfacción y su malestar con adoquines y orgías de droga y sexo.

La revuelta parisiense del 68 trató de cambiar el mundo, pero acabó siendo la revolución de los niños de papá, como dijera Raymond Aron al contemplar a los protagonistas de una de tantas algaradas callejeras en el París de Mayo del 68. Fue la diversión revolucionaria y efímera de los hijos de la opulencia de postguerra, expresada por el líder soixante-huitard Daniel Cohn-Bendit, Dani “el Rojo”, cuando proclamó: “Tomemos en serio la revolución, pero no nos tomemos en serio a nosotros mismos. Divertámonos”.


Dr. LUIS SÁNCHEZ DE MOVELLÁN DE LA RIVA

Profesor de la Universidad CEU-San Pablo. Doctor en Derecho.