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La piedra filosofal


lunes, 22 de septiembre de 2008


Cuando alguien preguntó a Kazantzaki por qué amaba tanto a San Francisco, respondió: «Lo amo porque su alma, a fuerza de amor, ha vencido a la realidad -lo que los hombres privados de alas llaman "la realidad": el hambre, el frío, la enfermedad, el desprecio, la injusticia, la fealdad, y ha logrado transformarla en un sueño alborozado, tangible, más verdadero que la misma verdad. San Francisco había encontrado el secreto que los alquimistas de la Edad Media buscaron en vano: el secreto para transformar el metal más vil en oro puro.

Para San Francisco, la "piedra filosofal" no era algo inaccesible, fuera del alcance del hombre; para encontrarla no era necesario quebrantar las leyes naturales: la piedra filosofal era su propio corazón. Así, por este milagro de alquimia mística, es como él ha sometido la realidad, liberado al hombre de la fatalidad y transformado en él toda carne en espíritu. San Francisco es, a mi ver, el gran general que lleva las tropas humanas a la victoria más absoluta».

Hay, efectivamente, dos realidades: una efímera y otra eterna, superpuestas, yuxtapuestas. Y la mayor parte de los humanos sólo ven la más superficial.

Acercaos a un hospital. Entrad en una sala con cinco enfermos afectados de la misma dolencia. Seguramente encontraréis a tres de ellos acorralados por su propia enfermedad. A uno, resignado a ella. A otro, sereno y quizá radiante. ¿Cómo? A fuerza de alma.

O preguntaos por qué, con el mismo sueldo, dos oficinistas uno vive feliz y sin apuros y al otro no le llega la respiración al cuello. Y es que, efectivamente, la piedra filosofal existe. No es un sueño romántico. Y es de fabricación casera. ¿Que cómo se fabrica? Cada uno debe encontrar su propia receta. Pero podrían servir algunos de estos consejos:

- El primero y más importante es tener algún gran ideal para cuya consecución lleguen a importar bien poco los fracasos y las dificultades.

- Tener fe en el futuro y confianza en la vida. Asumir cada día los problemas de hoy en lugar de ponerse a sufrir anticipadamente por los que podrían tal vez llegarnos mañana.

- Tomar y vivir la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tenemos que en las zonas negras que tendremos que cruzar. Hablar del bien; no revolver los residuos de los fracasos.

- Creer descaradamente en el prójimo y preferir ser engañado una vez por él a pasamos toda la vida desconfiando de todos (con lo que seremos perpetuamente engañados).

- Dedicarse más a los problemas del prójimo que a los propios. As! se curarán o mitigarán los dos.

- Amar sin preguntarse si nos lo agradecerán. Estar seguros de que, a la larga, incluso en este mundo, el amor acaba funcionando y también nos querrán más de lo que merezcamos.

- Despertarse cada mañana como recién nacidos. Colgar cada noche en el perchero las preocupaciones de ayer y dormir olvidándolas.

- Sonreír, aunque no se tengan ganas. Sonreír, sobre todo, si un día se debe decir algo amargo.

- Aprender de los niños, aprender de los santos.

- Dar tiempo al tiempo, sabiendo que las frutas maduran lentamente.

- No ser demasiado ambiciosos. Querer pocas cosas, pero quererlas apasionadamente.

- Recordar al menos cuatro o cinco veces al día que tenemos alma y alimentarla tanto como al cuerpo por lo menos.

- Hacer, si se puede, un trabajo que amemos. O si no, al menos, amar lo que tenemos que hacer.

- Descubrir que casi siempre los disgustos que nos llevamos son mayores que los motivos que los causaron.

- Creer en algo muy en serio. Luchar por ello. Seguir luchando cuando nos cansemos. Seguir de nuevo cuando nos cansemos de seguir.

- Recordar que, al fin de cuentas, todos los trucos son trucos y sólo sirven para ir descubriendo que será la gracia de Dios la que nos hará felices, porque ésa y no otra es la piedra filosofal.

 

Fuente: Razones para el amor
Autor: José Luis Martín Descalzo

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