Inicio

2.- Un largo camino


martes, 21 de octubre de 2008


EL PROBLEMA - Es un hecho que durante siglos la Biblia permaneció excluida del mundo de la literatura. O más bien, se hicieron esfuerzos para impedir que fuera considerada como “obra literaria”. Ocurría con la Sagrada escritura algo semejante al conflicto que produjeron los iconoclastas en los siglos VIII-IX, cuando quisieron impedir que se hicieran imágenes o pinturas del Señor. Ellos decían que éstas negaban la naturaleza divina de Cristo desde el momento que representaban sólo su naturaleza humana.

A muchos les parecía que considerar la Biblia como obra literaria implicaba negar su santidad y su origen divino. Todas las narraciones del Antiguo y del Nuevo Testamento eran consideradas estrictamente históricas. No faltaban razones para justificar esta actitud de rechazo ante el análisis literario. En los comienzos de la investigación científica sobre la Sagrada Escritura, salvo muy pocas excepciones, se destacaron aquellos investigadores que prescindían de la fe y a veces se oponían a ella. En el caso particular del análisis literario, estudiaban la Biblia comparándola con otras obras de la literatura de la antigüedad, para concluir que la Biblia no era más que un libro entre otros, con las mismas virtudes y los mismos defectos que los demás.

ESCUELA BÍBLICA DE JERUSALÉN

Dentro de la Iglesia Católica no se presentaban obstáculos para reconocer que dentro de la Biblia existían textos poéticos, y esto era aceptado prácticamente desde la época de los Padres. Sin dificultad se hablaba de la poesía de los Salmos o del Cantar de los Cantares. Los problemas surgieron cuando algunos insinuaron que en otros libros había textos podían responder a “convenciones literarias”. Las dificultades más serias se suscitaron con los libros llamados “históricos”, cuando entre los investigadores se comenzó a hablar de “géneros literarios”, de libros “aparentemente históricos” o de “narraciones didácticas”. Rápidas intervenciones de la autoridad eclesiástica bloquearon todo intento de continuar por estos caminos, afirmando que todos esos libros debían ser tomados como “históricos”, entendiendo por ésto que eran como ventanas que permitían ver los hechos tal como sucedieron. Aun las primeras páginas del libro del Génesis debían ser leídas de esta forma.

No faltaban quienes tenían clara conciencia de que para una mejor comprensión de los textos bíblicos se podía recurrir a los métodos científicos utilizados en este análisis, sin comprometerse con los presupuestos filosóficos y teológicos de los investigadores racionalistas. Cabe mencionar en este lugar al R.P. M.-J. Lagrange O.P. Él mismo, y quienes pensaban como él, debieron padecer muchas incomprensiones y censuras hasta que esta distinción fue asumida por la autoridad eclesiástica.

EL PAPA PÍO XII

El Sumo Pontífice Pío XII, en su Encíclica Divino Afflante Spiritu (30-9-1943), quitó los impedimentos para que los exégetas católicos recurrieran al método histórico crítico en el estudio de las Escrituras, y con respecto al aspecto literario dijo: “… es absolutamente necesario que el intérprete se traslade mentalmente a aquellos remotos siglos del oriente, para que, ayudado convenientemente con los recursos de la historia, arqueología, etnología y de otras disciplinas, discierna y vea con distinción qué géneros literarios, como dicen, quisieron emplear y de hecho emplearon los escritores de aquella edad vetusta…” (II, § 3). “… ninguna de aquellas maneras de hablar, de que entre los antiguos solía servirse el humano lenguaje para expresar sus ideas, particularmente entre los orientales, es ajena de los libros sagrados, con esta condición, empero, que el género de decir empleado en ninguna manera repugne a la santidad y verdad de Dios…” (Ibid.). “… el exégeta católico … válgase también prudentemente de este medio, indagando qué es lo que la forma de decir o el género literario, empleado por el hagiógrafo contribuye para la verdadera y genuina interpretación; y se persuada que esta parte de su oficio no puede descuidarse sin gran detrimento de la exégesis católica” (Ibid.).

Estas palabras del Papa abrieron el camino para que los estudiosos de las Sagradas Escrituras se dedicaran a investigar la literatura de la antigüedad y aplicaran su conocimiento para una mejor intelección del texto sagrado. A partir de este momento se desarrolló en la Iglesia Católica un vigoroso proceso de estudio y profundización en esta línea.

EL CONCILIO VATICANO II

Como aún existía cierta resistencia o timidez por algunos de asumir estas enseñanzas del Papa Pío XII, el Concilio Vaticano II destacó todavía más estas exigencias de investigar los géneros literarios para comprender los textos bíblicos: “… se deben tener en cuenta, entre otras cosas, los «géneros literarios»… Conviene que el intérprete investigue lo que el hagiógrafo intenta decir y dice, según su tiempo y cultura por medio de los géneros literarios que se utilizaban en esa época” (Constitución Dogmática Dei Verbum III, 12). Es interesante señalar que para decir esto último, el Concilio se remite a la autoridad de san Agustín en su obra De Doctrina Christiana, III, 18, 26.

La Pontificia Comisión Bíblica, en un documento de 1993 que trata sobre la interpretación de la Sagrada Escritura, vuelve sobre el mismo tema e introduce la exigencia del trabajo interdisciplinar entre literatos, historiadores, arqueologos y teólogos: “… la búsqueda del sentido literal de la Escritura, sobre el cual se insiste tanto hoy, requiere los esfuerzos conjugados de aquellos que tienen competencias en lenguas antiguas, en historia y cultura, crítica textual y análisis de formas literarias, y que saben utilizar los métodos de la crítica científica… “
Volver