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Iglesia católica, laicismo y crisis económica


miércoles, 28 de enero de 2009


«Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones», artículo 16.3 de la Constitución española.
El artículo 16.3 se ha citado en varias ocasiones en esta columna semanal para recordar que el Estado español es aconfesional y nunca laicista o laico (el laicismo es antidemocrático, contrario a nuestra Constitución). Y, también, para explicar que la aconfesionalidad, en armonía con los principios de igualdad, cooperación, libertad religiosa y separación jurisdiccional de nuestra Carta Magna, construye una sociedad libre, moderna y pacífica, superadora de la cuestión religiosa que algunos laicistas anclados en el anticlericalismo del XIX se empeñan en resucitar. En una nación de esencia católica como es España la aconfesionalidad integra lo mejor del diálogo de fe y cultura, promueve la convivencia ciudadana e institucional, delimita los campos de acción de la Iglesia y del Estado en su búsqueda del bien común y es un instrumento jurídico de primera magnitud presente en el derecho internacional y en nuestro ordenamiento al servicio de la cohesión ciudadana, del progreso social y de la democracia. Aconfesionalidad que protege el hecho religioso de cualquier ataque, persecución o escarnio (espectáculos injuriosos o blasfemos, siempre contra la fe cristiana, han acontecido en Cantabria, Madrid, Extremadura o Baleares), al tiempo que cultiva la relación entre las instituciones civiles y eclesiales, controla los posibles excesos estatales o eclesiásticos en sus distintos planteamientos éticos y sociales, y ampara al agnóstico y al creyente en las posibles injerencias del poder religioso en el civil y viceversa.
Pero donde la aconfesionalidad sustenta y fructifica lo más eximio y bello de la cooperación entre el pueblo español y la fe católica es en la contribución de la Iglesia al bien común, auxiliando a los desfavorecidos, sin techo, inmigrantes sin papeles, drogadictos, enfermos de sida y terminales, ancianos abandonados, parados o pobres en general. Una tarea social que hasta la actual crisis económica pasaba casi desapercibida en una sociedad española adoctrinada contra la Iglesia por los ataques de la televisión, de pseudo-intelectuales de moda, de los usos sociales y de políticos (hay laicistas en el PP como en el PSOE), y que ahora, cuando estos laicistas no mueven un dedo por los necesitados, brilla como una luz amiga en la noche vital de las primeras víctimas de la crisis capitalista: la gente sencilla, los inmigrantes que van al paro, las madres solteras, los trabajadores que pierden su empleo, los ancianos y los enfermos. Ellos son los olvidados de una sociedad de corazón endurecido por el materialismo, con la mirada ciega de la soberbia del nuevo rico, de un pueblo que ha mancillado los ideales, repudiado la caridad y la solidaridad, destruido la familia, abandonado a los abuelos en los asilos, cambiado los hijos por mejores coches y casas, hipotecado la libertad por aparentar y la verdad por la ignorancia, un pueblo aleccionado por sus líderes políticos -éstos siervos a su vez de las multinacionales- que en su osada vanidad ha juzgado y condenado a la Iglesia católica cuando la Iglesia por las parroquias, Cáritas y otras organizaciones católicas ha sido en la historia, y vuelve a ser en esta crisis financiera que atenaza España, la única institución comprometida por naturaleza en la ayuda a los desamparados.
No son estas líneas una tesis de filosofía política sobre si debe la Iglesia desempeñar un papel asistencial que corresponde al Estado, ni una queja contra los que atacan por odio laicista a la fe católica, ni un reproche a las instituciones que tejen el vestido social español, ni una alabanza a la labor de la Iglesia en defensa y auxilio de los pobres y desamparados puesto que éste es su compromiso evangélico instituido por Cristo en las Bienaventuranzas del Evangelio. Este artículo expresa el deseo de que en esta crisis económica el pueblo español torne la mirada a la cultura, a la caridad, a la justicia, a la espiritualidad y a la solidaridad, aprecie lo positivo que hay en el mensaje cristiano de amor fraterno, y derrote a las otras crisis de las que no se habla en nuestra sociedad: las de la familia, de los valores, de la abnegación, de la dignidad del trabajo, del sacrificio, del patriotismo, de la generosidad y de la humildad, cimiento de la sabiduría.
En la historia de Europa y España, muchos siglos antes de que Europa y España existiesen, la Iglesia ha sido y es el amparo y auxilio de leprosos, apestados, tuberculosos, locos, enfermos, viejos, niños huérfanos y pobres de los pobres, dándoles alimentos, medicinas, ropa, calor, educación y refugio. Y hoy, más de dos milenios después de su nacimiento, la Iglesia sigue estando con los necesitados, los abandonados, los que lloran, los que sufren, los que pasan hambre, los enfermos, los parados, los inmigrantes, los pobres. En esta crisis del materialismo y del hedonismo, agravada por la crisis espiritual, cultural y ética de Occidente, España es afortunada porque, a pesar de los ataques y agresiones contra la fe cristiana de quienes pregonan una sociedad laica y no aconfesional, la Iglesia católica sigue encarnada, por imperativo evangélico del amor fraterno y como luz humanista y humanitaria, en la humildad de la gente sencilla.
 
Alberto Gatón Lasheras
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