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¿Agresividad? ¡No, gracias!. Autor: Jaime Nubiola


martes, 1 de diciembre de 2009


Siempre me ha resultado sorprendente que nuestra sociedad valore positivamente una cierta agresividad. Se trata de la agresividad del joven ejecutivo, de la mujer brillante, de los políticos ambiciosos y de todos aquellos que, si quieren lograr algo valioso, han de poner mucha imaginación, tenacidad y esfuerzo para alcanzar su objetivo. Sin duda, la agresividad puede ser necesaria para quienes compiten en una cancha deportiva, pero me parece que es una enorme dificultad para quienes conviven en un hogar o para quienes colaboran en una empresa. Debemos empeñarnos con todas nuestras fuerzas para erradicar —esto es, para eliminar de raíz— la agresividad no sólo del ámbito familiar sino también del profesional.

No es infrecuente encontrarse en el mundo laboral con personas que adulan servilmente a sus superiores, mientras que maltratan grosera —y a veces despiadadamente— a quienes de ellos dependen. Siempre me han llamado la atención las personas de este tipo —"casi siempre mediocres", me apunta un sabio colega— que hay en todas las organizaciones. Son aquellos que, por una parte, halagan la vanidad de sus jefes diciéndoles lo que estos quieren oír (y esto suele llevarles a subir como la espuma en la organización), y que, por otra parte, no escuchan a quienes tienen debajo porque piensan que —como ellos mismos— buscan simplemente su propio interés, y les mandan casi siempre destempladamente, porque están convencidos de que su inflexibilidad y sus malos modos generarán mayor rendimiento en sus subordinados.

Cuántos lectores reconocerán en estas palabras una caricatura —quizás un tanto forzada— de una situación laboral de la que ellos mismos han tenido experiencia directa en alguna etapa de su ejercicio profesional. La pasada semana en Barcelona un taxista pakistaní me contaba confiadamente cómo unos meses antes había dejado su trabajo de cocinero en un buen restaurante de aquella ciudad por el trato agresivo hacia él del encargado del establecimiento. Cuántas veces unos jefes hostiles o abusivos tornan del todo insoportable un trabajo vocacionalmente elegido. Para ser realmente humano el trabajo ha de ser siempre en cierto sentido reconfortante. El trabajo hecho a gusto nos hace más humanos, mientras que el trabajo a disgusto erosiona gravemente la personalidad y llega a degradar la propia dignidad personal.

Lo peor es que muchas veces esta agresividad se oculta bajo la justificación de una supuesta eficacia, pero casi siempre quienes pisan fuerte lo hacen realmente para ocultar sus miedos o su inseguridad. ¡Gritan para demostrar que tienen razón! Y no son conscientes de que estar muy seguro de algo no significa tener razón. Son personas que —como ahora se dice— tienen un problema de liderazgo. Agreden porque son apocados y sobrerreaccionan porque no saben actuar de otra manera. Son quizá como esos tímidos que se transforman en energúmenos y gritan desaforadamente al acudir a un estadio de fútbol o al ponerse detrás de un volante.

Cuando me topo con personas agresivas me gusta recordar lo que escribió un teólogo amigo, fallecido hace ya años, de que "la eficacia se esconde casi siempre tras la mansedumbre". "El bien —añadía— es el fruto que recogen quienes buscan y saben hallar palabras claras y amables, las usan en un discurso sereno y persuasivo, y las ungen con el bálsamo de los buenos modales". Podría parecer una recomendación ilusa, como de alguien ajeno al mundo real, pero encierra una notable experiencia y una enorme dosis de sentido común. La agresividad parece eficaz, pero a la corta siembra malestar y discordia y a la larga se traduce en una mala cosecha de conflictos estériles y, en suma, de ineficacia. Por el contrario, la cordialidad, la cortesía y el respeto mutuo hacen gozoso el trabajo en equipo y de ordinario fructifican felizmente en resultados tangibles.

Para conseguir un clima amable en el espacio laboral hace falta aprender a pasar por alto las ocasionales brusquedades o groserías de unos y de otros, los pequeños roces inevitables entre seres humanos con altibajos de ánimo y, sobre todo, es necesario aprender a perdonar. Me impactó recibir hace unos meses un mensaje electrónico de un colega de Sioux Falls, en Dakota del Sur, que recogía al pie de su carta una cita de la escritora norteamericana Anne Lamott: "De hecho, no perdonar es como beberse un matarratas y esperar que se muera la rata". Efectivamente, cuántas veces la agresividad brota del resentimiento, del rencor acumulado en el corazón hacia quienes —pensamos— nos han hecho daño y a los que, bajo ningún concepto, estamos dispuestos a perdonar. Cuánto daño causan en el trabajo estas personas resentidas, pues con su fría amargura hacen imposible la creación de una atmósfera cálida de colaboración.

Me parece que tanto la grosería destemplada como el torpe resentimiento son dos formas penosas de agresividad, la una activa y la otra pasiva, que no deberían darse jamás en un espacio laboral sano. Por ello, a quienes defienden un estilo agresivo en las relaciones profesionales me gusta responderles con toda la amabilidad que puedo: ¿Agresividad? ¡No, gracias!

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Jaime Nubiola es profesor de filosofía en la Universidad de Navarra y profesor del Doctorado en Filosofía de la UNT (jnubiola@unav.es).

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