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¿Amores que matan?. Autora: Alba. (20/07/2007)


sábado, 26 de abril de 2008


Patria Mercedes Mirabal, Minerva Argentina Mirabal y Antonia María Teresa Mirabal fueron tres audaces hermanas dominicanas que se opusieron fervientemente al régimen dictatorial de Rafael Leónidas Trujillo, que gobernó la República Dominicana desde 1930 hasta 1961. Las hermanas vivieron una infancia y una juventud feliz, educadas en los colegios más prestigiosos del país y en el seno de una familia pudiente. Cuando Trujillo llegó al poder, su familia perdió casi toda su fortuna, hecho que les hacía pensar que el nuevo mandatario llevaría poco a poco a todo el país al caos económico. Las Mirabal formaron un grupo de oposición al régimen, conocido como la Agrupación Política 14 de junio, dentro del cual las hermanas eran conocidas como Las Mariposas. No cesaron de defender su causa en ningún momento a pesar de ser encarceladas y torturadas en multitud de ocasiones, hasta que finalmente Trujillo decidió acabar con el problema: el 25 de noviembre de 1960, fueron capturadas por un grupo de hombres enviados por el dictador, apuñaladas y estranguladas finalmente consiguiendo la muerte de las tres.

Por ello, en conmemoración a Las Mariposas, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

En primer lugar (antes de que se me tache de feminista radical o algo por el estilo), quiero especificar, por si alguien no se ha dado cuenta todavía, que en estas líneas me centraré en el maltrato a la mujer, ya que dentro de las muchas variedades de violencia doméstica (de marido a mujer, de mujer a marido, de padres a hijos, de hijos a padres, en parejas del mismo sexo...) el maltrato a la mujer es el más frecuente, o por lo menos el más denunciado.

Aunque no tengamos demasiados testimonios de ello, es evidente que la violencia sexista ha existido siempre, aunque antes fuera más privado y quedara más reducido al ámbito doméstico.  Es más, podríamos demostrarlo dándonos cuenta de que es un hecho que todavía, tristemente, no ha desaparecido en pleno siglo XXI, en una sociedad en teoría igualitaria, progresista, libre, con los derechos claramente definidos, etc. Sin embargo, no siempre se ha tratado, no siempre se ha hablado, del mismo modo el problema. En nuestro país, el “destape” de la violencia de género tuvo lugar en 1997 cuando, quince días después de participar en un programa de televisión dando su testimonio como mujer maltratada, Ana Orantes fue quemada viva por su marido. Desde entonces, prácticamente todos los días oímos, con sangre fría, que un hombre ha matado a su mujer o que la ha intentado asesinar, oímos hablar de órdenes de alejamiento y de demandas, de políticas o leyes favorables o indiferentes respecto a la violencia de género. En este sentido, los medios de comunicación han jugado un importante papel haciendo que el número de demandas por esta violencia aumente de forma considerable.

A tal punto hemos llegado que, en el año 1999, el número de muertas en manos de sus maridos fue 54; el milenio comenzó con 63 víctimas; en 2001 fueron 50; el año siguiente 54; en 2003, 71; en 2004 fueron 72;  en 2005, la cifra descendió hasta 58; en 2006 murieron 68 mujeres; y en lo que va de 2007 ya hemos alcanzado las 44. ¿Hasta dónde vamos a llegar?

Los hermanos, el padre, la madre, los abuelos... son personas a las que estamos unidos por vínculos de consanguinidad, con ellos fortuitamente nos ha “tocado” convivir y podemos llevarnos mejor o peor. Sin embargo, en el caso de una pareja sentimental, la cosa cambia. Una mujer o un marido son la persona a la que libremente hemos elegido de entre todo el mundo por ser alguien especial, a quien queremos por encima de todo. Por eso mismo, resulta inconcebible que alguien se atreva a poner la mano encima a la persona que ha escogido para compartir el resto de su vida, para “amarla y respetarla” e incluso ser el padre o la madre de sus hijos. La función básica de la familia es el amor, la confianza, la seguridad, la protección… pero una familia donde hay abuso, maltrato, violencia… puede llegar a ser un infierno, una pesadilla de la que se debe despertar cuanto antes.

Cuando se habla de violencia doméstica, sobre todo se da mucha importancia a denunciar. Un estudio ha demostrado que el 70% de las mujeres maltratadas  tardan un mínimo de cinco años en denunciar a su agresor, y sólo el ocho por ciento abandona a este antes de pasar un año. Sin embargo, una denuncia a tiempo puede suponer un paso de gran relevancia que ayude a salir del infierno, a despertar de la pesadilla. Para ello, existen cuerpos del Estado y múltiples organizaciones y asociaciones que nos pueden ayudar. Pero últimamente también se incide en detectar a tiempo a un posible futuro agresor. Es decir, se insiste en detectar cuándo una pareja es violenta y pararlo a tiempo, en el noviazgo (abuso verbal, celos, excesivo control, etc.).

Aunque no existe un patrón único para los agresores, la mayor parte de ellos comparte unos rasgos que los identifican: la dependencia de su pareja, que es demostrada también de forma violenta. La mujer le pertenece, es un objeto que debe usar a sus anchas, cuando quiera y como él quiera, y cuando no es así, se siente humillado y actúa violentamente. Muchas veces, el violento busca la seguridad a través de las palizas a su mujer; es decir, quiere evitar a toda costa su baja autoestima y el sentimiento de inferioridad, algo que no le gusta de él mismo, por eso, al golpear a su mujer siente que tiene el poder, que la controla y que no se le escapa de las manos. Los maltratadotes son celosos, posesivos y controladores. No suelen reconocer la realidad que suponen sus actos de violencia, los infravaloran, no les parece que sea algo grave, no son conscientes de ser maltratadotes ni del daño que hacen. La clase social, la cultura, la edad, etc. no importa, ni tampoco es necesaria la existencia de desviaciones psicológicas (el 80% de los maltratadotes no las presenta), o el consumo de drogas o alcohol. Según el psicólogo Luís Bonino, lo único que tienen en común los agresores es que son hombres y que tienen muy interiorizada la idea de que la mujer está a su disposición, y, según asimilen esto último, se convertirán en un tipo de agresor u otro (maltratador físico, psíquico, asesino, controlador…)

En el caso de la víctima tampoco existe un molde fijo, pero también hay algunas características identificables en todas ellas como: tienen un concepto muy pobre de sí mismas, haciendo que no se desarrollen personalmente y quedando, en muchos casos, recluidas en sus casas. También tienen una concepción errónea de su pareja, la idealizan, lo que ayuda a mostrarse pasiva ante el problema de la agresión. Debido a su necesidad de afecto y de valoración, tienden a cubrir las necesidades de su pareja antes que las suyas propias, con el fin de no ser abandonadas y sentirse queridas; la víctima llega a tener la idea de que los demás importan más que ella. Suelen elegir a hombres que aparentan seguridad de sí mismos (que se contrapone a su propio carácter) debido al sentimiento de necesidad de protección de estas mujeres. Les caracteriza cierto miedo a la soledad, que acaba convirtiéndose en una de las razones por las que no abandonar a su pareja. Sin embargo, cuando deciden dejarlo, se ven perdidas y vuelven a perdonar, en muchos casos, a sus agresores pensando que no las volverá a maltratar.

En definitiva, los rasgos de uno de los miembros de la pareja acaban solapando a la perfección con los de la otra parte, haciéndose más posible el maltrato y más difícil el alejamiento de estos.

El ser humano es el único animal dotado de razón, de inteligencia, y el único capaz de hablar y hacer así más fácil su vida. Y sin embargo, parece que no siempre lo recuerda y quiere solucionar sus problemas o preocupaciones como un animal, empleando la fuerza y la violencia. Así vivimos en una sociedad que cada día recuerda más, entre unas cosas y otras, a la España negra de nuestros antepasados o a las películas del Oeste, en que todo se resolvía a base de tiros. En mi opinión, en ningún lugar está justificada la violencia, pero menos entiendo que se actúe de esta forma contra una persona a la que se quiere, a la que se ama. El amor nos lleva a respetar al otro, a protegerlo, a cuidarlo… Las víctimas de la violencia, muchas veces, justifican el trato que sus parejas les dan con el amor que estos les tienen. Y muchas veces oímos refranes como “quien bien te quiere te hará llorar” o “hay amores que matan”. Sin embargo, son frases que deberíamos cuestionar por su coherencia, porque ¿quién quiere acabar con la vida de alguien a quien ha elegido por amor para compartir el resto de su vida? 


Alba

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