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Es hora de dialogar y construir


domingo, 27 de abril de 2008


No es bueno para la propia salud mental cultivar la sensación de verse asediado. Pero de ahí a esconder la cabeza como los avestruces va un trecho. Y es que desde la transición democrática no se había visto un ataque tan furibundo contra la Iglesia Católica como el que se viene produciendo en las últimas semanas desde tribunas mediáticas y políticas. En esta situación conviene recordar la exhortación de Pablo a Timoteo, sobre el espíritu de fortaleza, amor y buen juicio, que los cristianos hemos recibido, y que debe guiar nuestra actuación, más aún en periodos de tormenta.

 

Comencemos con la arremetida de Santiago Carrillo, que es todo un símbolo. Estamos ante uno de los personajes clave de la Transición, porque bajo su batuta el PCE apostó por la reconciliación y por el futuro. Un hombre como Carrillo, que en su juventud había encarnado el fanatismo ideológico y el recurso a la violencia política, hizo su particular tránsito hacia el reconocimiento del sistema de libertades, y optó por el pacto de convivencia con quienes habían sido sus adversarios. Era el Carrillo que se entrevistaba en secreto con el cardenal Tarancón, que se abrazó con Manuel Fraga en el Club Siglo XXI y que convenció a los suyos de que había que aceptar la Monarquía y honrar a la bandera roja y gualda. Hombres como él, a uno y otro lado de la orilla, hicieron posible aquella aventura, que una utopía suicida tiende ahora a dinamitar.

 

¿Es el mismo, el Carrillo que escuchamos la pasada semana tronando contra la Iglesia? La pregunta, naturalmente, es retórica, pero esconde una cierta nostalgia. Dice el anciano comunista que la Iglesia de hoy es la misma que la de los años 30, que entonces lanzaba su cruzada contra la República y ahora la dirige contra el Estado democrático. Dos mentiras por el precio de una, Don Santiago, y usted lo sabe. En los años 30, la jerarquía y el conjunto de las asociaciones seglares católicas defendieron la legalidad republicana, aun a sabiendas de que el nuevo régimen llegaba lastrado por una atávica hostilidad hacia la Iglesia. Sólo el caos y la violencia derramados como un torrente sobre los católicos, muchas veces orientado y dirigido con los propios resortes del poder, decantó a la mayoría de ellos contra un Estado en descomposición, que devoraba a sus propios ciudadanos.

 

Junto a la insidia sobre la historia, la calumnia sobre el presente. ¿Qué desvela el j’acuse de Carrillo, cuando dice que la Iglesia mantiene hoy una cruzada contra el Estado democrático? En el fondo es la pretensión de que no exista un sujeto social capaz de oponerse al proyecto cultural del zapaterismo, es el viejo laicismo que no reconoce a los católicos la posibilidad de ser protagonistas de la vida pública, porque sólo la ideología del poder estaría legitimada para moldear al buen ciudadano.

 

¡Cuántos meandros tiene la historia! El estalinismo reverdece en el anciano Carrillo, y su amor por las libertades y la reconciliación queda ya como una estación pasada. Pero la voz de Carrillo suena dentro de un coro, no sé si perfectamente orquestado. De haber una batuta, estaría en el diario de siempre, rediseñado gráficamente pero entrampado en sus viejos demonios, y entre los principales, la Iglesia. En la semana de las beatificaciones no podía faltar la andanada editorial de El País, empeñado en dibujar un retrato brutal: ésta sería una Iglesia nostálgica del régimen de cristiandad, que pretendería imponer su hegemonía cultural y que habría optado descender a la arena política apoyando a un determinado partido.

 

Nada de esto tiene que ver con las preocupaciones reales de la Iglesia en España, que contribuyó activa y generosamente a la Transición, y que ha aprendido a moverse con libertad en un escenario de pluralismo cultural. Nadie puede vislumbrar, ni en los pronunciamientos episcopales ni en las iniciativas libres del laicado católico, una pretensión de imposición o de hegemonía, sino una propuesta ofrecida a la libertad de la gente. Una propuesta de la que se puede evidentemente discrepar, que comparece con sus propias razones para someterse a un debate a campo abierto, pero que no puede ser silenciada ni vituperada, aunque sólo sea por su arraigo social y por la experiencia de la historia. Es curioso que un filósofo izquierdista y ateo como Gustavo Bueno haya roto una lanza a favor de ese protagonismo que tantos quieren negarle ahora a la Iglesia.

 

Lo que hoy está en juego no es la supuesta anomalía de una Iglesia empeñada en no dejarse amordazar ni marginar, sino cuál es el contenido de nuestra convivencia civil. ¿Debe ser ésta un espacio habitado tan sólo por aquellos sujetos y propuestas sancionados por el poder político, o debe ser un lugar de encuentro y diálogo abierto entre diversas tradiciones e identidades, entre las cuales, y tratándose de España, el catolicismo no puede ni debe faltar? Esta última opción es la que refleja el artículo 16 de nuestra Constitución, cuyo espíritu está siendo sistemáticamente traicionado por el programa de Zapatero y contestado por la doctrina de un laicismo empeñado en repetir los errores de nuestra atormentada historia.

 

En este contexto, tan malo sería para los católicos españoles aceptar la marginación como entrar en el síndrome de la ciudadela asediada. Nuestro campo es el mundo, como dice el Evangelio de san Mateo, y eso no lo puede cambiar ningún Gobierno ni grupo mediático. Es la hora de dialogar y construir, de vivir la fe al aire libre, de comunicar sin miedo las razones de nuestra esperanza. Es la hora de generar comunidad, de generar obras en todos los campos y de desarrollar una nueva propuesta educativa. No es una tarea que pueda encerrarse en un plan de acción, sino una vida que no acepta sumergirse y que sale a la luz, pacientemente, con toda su potencia creativa.

 

Por José Luis Restán

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