Inicio

Híbridos humanos


viernes, 23 de mayo de 2008


El Parlamento británico debate sobre la tramitación de la nueva Ley de Fertilización Humana y Embriología. Ley que barre todos los aspectos en los que se puede degradar la naturaleza humana en sus primeros instantes: el hombre-vaca, el hermano-cobaya, el hijo-gay y el indefenso asesinado; un verdadero programa de «cultura de la muerte».

Los dos primeros aspectos han salido adelante —alborozo en los aprendices de doctor Moreau—, los dos segundos se resuelven hoy —expectación en el lobby homosexual y matarife—. No he podido esperar más a conocer el resultado final para comentarlo: una monstruosidad.

La ley tiene al menos dos virtudes. La primera, coherencia. Máscaras fuera. Todos los elementos juntos y revueltos, un tratamiento global de indignidad; un tratamiento maligno pero consistente, quizá de las pocas veces en las que no se esconde, ni por estética, la trabazón entre los temas. La segunda, su enemigo: la cultura de la vida, defendida una vez más en exclusiva por la Iglesia. Parte del debate ha estado centrado en la libertad de voto que ha tenido que conceder el Partido Laborista a los diputados católicos. ¿Y los anglicanos?; debatiendo sobre el sexo del clero.

Hace pocos días terminaba un post con una cita de la entrevista de Peter Seewald a Ratzinger en Dios y el Mundo. Hoy quiero volver a recordarla. Preguntaba el periodista sobre la ruptura del último tabú: el árbol de la vida, mandado proteger por Dios a los querubines en el Paraíso. La repuesta del cardenal profética:

Lógicamente se puede profundizar mucho más en esa simbología. Ahora presenciamos cómo los seres humanos empiezan a disponer del código genético, a servirse realmente del árbol de la vida y a convertirse a sí mismos en dueños de la vida y de la muerte, a montar la vida de nuevo; desde luego es necesario prevenir de verdad al ser humano sobre lo que está ocurriendo: está traspasando la última frontera.

Con esta manipulación, un ser humano convierte a otro en su criatura. Entonces el ser humano ya no surge del misterio del amor, mediante el proceso en definitiva misterioso de la generación y del nacimiento, sino como un producto industrial hecho por otros seres humanos. Con lo queda degradado y privado del verdadero esplendor de su creación.

Ignoramos lo que sucederá en el futuro en este ámbito, pero de una cosa estamos convencidos: Dios se opondrá al último desafuero, a la última autodestrucción impía de persona. Se opondrá a la cría de esclavos, que denigra al ser humano. Existen fronteras últimas que no debemos traspasar sin convertirnos personalmente en destructores de la creación, superando de ese modo con creces el pecado original y sus consecuencias negativas.

Es irrefutable: la vida del ser humano tiene que seguir siendo intocable. Aquí es preciso poner límites, una vez más, a nuestra actuación, a nuestros conocimientos, a nuestro poder y a nuestra experimentación. La persona no es una cosa, sino que refleja la presencia del mismo Dios en el mundo.

[...] No se trata de frenar la libertad de la ciencia o las posibilidades de la técnica, sino de defender la libertad de Dios y la dignidad de la persona, que es lo que está en juego. Quien haya adquirido esta opinión sobre todo por la fe —aunque hay también muchos no cristianos que la comparten—, tiene asimismo la obligación de responsabilizarse de que esa frontera sea percibida y reconocida como infranqueable. [Las negritas son mías].

El Vaticano ha reaccionado de inmediato, recordando también a los no creyentes, que como decía Juan Pablo II, toda ofensa al hombre es siempre una grave ofensa a Dios, que lo creó a su imagen y semejanza; pero también que el gran damnificado es el mismo hombre. Experiencias recientes lo demuestran: la gripe aviar o el VIH. Basta recordar que el SIDA es una enfermedad de transmisión mayormente sexual debida a una mutación de un virus propio de una especie de mono africano, de ahí pasó a la sangre humana en la que se adaptó y reprodujo. ¿Cómo se transmitió?...lo dejo para otra ocasión.

La ley británica es una bellaquía, contempla cuatro tipos básicos de hibridación:

  1. La que resulta de transferir el núcleo de DNA de una célula humana, extraída por ejemplo de la piel, al interior del óvulo de una vaca u otro animal del que previamente se ha extraído el contenido genético.
  2. La llamada «verdadera quimera»: agregar una célula procedente de un embrión animal a un embrión humano, de manera que el embrión no es enteramente humano ni animal.
  3. Los embriones humanos transgénicos, es decir, embriones humanos que han sido genéticamente modificados para contener una pequeña cantidad de DNA animal, como por ejemplo determinados genes animales.
  4. Y por último, se encuentra el caso de los «verdaderos híbridos»: fertilización de un óvulo humano con esperma animal o viceversa.

Y para rematar también se aprobó la procreación de bebés seleccionados para convertirse en donantes de tejidos para hermanos que padecen enfermedades por alteraciones genéticas.

No creo que hagan falta más comentarios.

Hoy sabremos qué ocurrirá con la exigencia de que los bebés concebidos in vitro hayan de nacer en una familia —obsesión del colectivo gay— y la de la ampliación del plazo máximo para poder abortar sin restricciones.

En el canódromo de la «cultura de la muerte» los británicos toman ventaja; cuánto tardará Zapatero en soltar a Bernat Soria.

Juanjo Romero

Conoze.com

Volver