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La última piedra de Jesús Lezáun


martes, 8 de julio de 2008


"Quiera Dios rectificar los desmanes de los hombres, aunque sean obispos". Esto decía Jesús Lezáun en un encendido artículo del día 4, en DIARIO DE NOTICIAS. ¡Y qué razón tiene! En esta frase, quiero decir. Al final, sólo Dios puede arreglar de verdad los desmanes de los hombres, ya sean obispos, curas o fontaneros. Porque todos pecamos contra la justicia, incluso los fontaneros. El propio Jesús Lezaún, digo yo, también habrá cometido algún desmán que sólo Dios puede rectificar.

Sin ir más lejos, el artículo del pasado día 4, parece un desmán. Porque no sólo le falta justicia, sino que también le falta información y sentido común. No sabe uno qué es peor: que te falte justicia, que te falte información o que te falte sentido común. Pero aquí no hace falta decidirlo, porque le faltan las tres cosas a la vez.

Jesús Lezáun es un sacerdote muy conocido en esta diócesis, con una trayectoria que daría para una novela y que refleja toda la evolución de la Iglesia y de la sociedad en la segunda mitad del siglo XX. Empezó siendo un piadoso seminarista de un grupo muy espiritual que llamaban los cornelianos. Después, evolucionó. Y tras varios giros, se convirtió en un apasionado defensor de la justicia.

Siempre ha defendido la justicia o lo que a él le parecía la justicia. Se podría decir que es un cazador de injusticias, sobre todo si las cometen los obispos. Tiene una particular sensibilidad para eso y, en cuanto ve una, la sigue y no le quita el ojo. Y, cuando lleva un tiempo no viendo más que esa injusticia, le viene el arrebato profético y arremete en la prensa. Le pasa cada cuatro o cinco meses. Ya nos tiene acostumbrados.

El problema es que, cuando tienes fijaciones, acabas perdiendo el sentido común, acabas deformando la información y acabas cometiendo una injusticia. Es lo que le ha pasado a Jesús Lezaún muchas veces y también ahora.

Jesús Lezáun ha sido un gran representante de la denuncia profética , que se puso de moda entre los clérigos jóvenes de los años sesenta. La denuncia contra la injusticia social y, después, eclesiástica. La ventaja de ser profeta es que no tienes que investigar, ni que informarte. Con lo que sientes, basta. Para eso eres profeta. No hace falta tampoco autocrítica, porque los injustos, por definición, son siempre los otros.

Han profetizado muchas veces en nombre del pueblo , como si existiera ese pueblo que imaginan y creen representar, y además, fuera tonto, porque necesitaba que lo defendieran tan mal. También han profetizado en nombre de los pobres , así en general, señalando siempre quién era el explotador, el malo, el culpable, el que practica la auténtica rapiña o expolio , como acusa Lezáun en su artículo.

Pero algo no cuadra en todo esto. A los profetas del Antiguo Israel, les movía el espíritu de Dios. Pero a muchos de estos profetas, da la impresión que les han movido sus manías o sus adhesiones sentimentales que, en los setenta eran Comisiones Obreras y, en los noventa Herri Batasuna. Todo un pedazo de la historia del siglo XX.

El Dios cristiano es justo, está lleno de piedad y misericordia , y tiene entrañas de caridad. Por eso, cuando uno denuncia sin justicia, sin piedad, sin misericordia y sin caridad, no puede ser profeta del Dios cristiano. Por definición. Quizá sea profeta de Júpiter tonante, que era bastante arbitrario repartiendo sus rayos sin ton ni son.

Cuando el Señor dijo en el Evangelio, "el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra", más vale que no tenía de estos profetas a su lado porque le hubieran tirado la piedra. En cuarenta años, no han parado de tirarlas. Los profetas de Júpiter ni se cansan ni se equivocan, ni tienen que arrepentirse. Estén con los cornelianos, con Comisiones Obreras o con Herri Batasuna. Los que se equivocan son siempre los demás, sobre todo si son obispos.

Si la denuncia profética se hubiera hecho con piedad y misericordia , estaría bien. Si se hubiera ayudado a los pobres en lugar de tanta retórica, estaría bien. Si se hubieran hecho ONG y pozos en la India o escuelas y colegios en Latinoamérica, estaría bien. Si se hubiera promocionado alguna fundación para enfermos o minusválidos, estaría bien. Pero no. La energía y el tiempo se han ido en tirar las piedras en lugar de construirlas.

Esta vez el asunto era el patrimonio de la Iglesia. Lezáun, sin justicia, sin información y sin sentido común, llama ladrones , así de matizado, a quienes no hacen otra cosa que cumplir con su deber y mantener como se puede las viejas piedras de la Iglesia. Y cree que las cosas irían mejor como en Francia, si el pueblo (¿Qué pueblo?) confiscara los bienes eclesiásticos. Por lo visto, es lo que piensa últimamente Herri Batasuna.

Y a uno le dan ganas de decirle: "Hermano, ¿Pero no te das cuenta de que tú vives en una residencia para sacerdotes ancianos? ¿Dónde estarías en Francia?" Esta es una residencia modesta y algo anticuada, sostenida por la diócesis, atendida con mucho espíritu por unas buenas religiosas. Es un don para un sacerdote retirado y mayor vivir allí, porque tiene ambiente sacerdotal y puede rezar y celebrar con paz. ¿Por qué no rezas un poco, celebras con paz y procuras mirar a los demás con la piedad y misericordia del Dios cristiano? ¿No sería bueno, a estas alturas, vivir la caridad del Dios cristiano en lugar de la justicia arbitraria y desinformada del Júpiter tonante?

juan luis lorda

fuente: diario de noticias. 08-07-08